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No es un cuento

Juro por Dios que el maldito despertador no sonó. Odio levantarme así, empezar el día atropellada. ¿Me baño o no me baño? Ya son las 6:50 de la mañana, ¡Auxilio! Me figuró no bañarme, lavadita de cara, desodorante, loción y harto café a ver si se me quita esta cara de odio por la vida. ¿Dónde están las llaves del carro?, ¿Yo por qué seré así Señor? ¡Aquí están! Necesito uno de esos ganchitos para colgar cosas varias. Me fui. Adiós mi amorcito ¿Quién es un perrito dañino, ah?, ¿Quién? Lucía cerró la puerta de la casa. Llaves del carro entre los labios, bolso colgado en una mano, termo con café en la otra, moña en el pelo con la que había dormido y en secreto, una media diferente en cada pie. Siempre decía que se las tragaba la lavadora. Cuando se dio vuelta, vio una caja envuelta en papel amarillo en su entrada; tenía su nombre. Como la curiosidad era mucha y el afán también, se trepó con caja y todo al carro. Miró el reloj en el tablero: 7:15 de la mañana, tenía 15 minutos para

El arcoíris del bloque 21

Zaris era una zarigüeya de corta edad que vivía junto a su madre en el campus de la Universidad Nacional. Le encantaba jugar, aprender, pasear y compartir con sus amigos. Zaris era muy amorosa, inteligente y sociable, pero también muy despistada y aunque su madriguera quedaba en los alrededores del bloque 11, a veces se quedaba dormida, colgada de su cola, en algún árbol de la Universidad después de una entretenida charla con Jorge el loro. Y es que a Zaris le encantaba la física, se enamoró de ella desde que un día, después de un aguacero, salió el arcoíris. Su madre le explicó que este se debía a la descomposición de la luz en colores, que ocurría, cuando los rayos del sol atravesaban las pequeñas gotas que se encontraban en la atmósfera. La mamá de Zaris llevaba viviendo toda su vida en la Universidad y le encantaba escuchar las conversaciones de los maestros y estudiantes. Así había aprendido todo lo que sabía y cada vez que tenía la oportunidad, se lo enseñaba a Zaris. 

Zaris aún no había tenido contacto con los humanos ya que todos se encontraban en vacaciones. Ella aun no lo sabía, no sabía que su hogar era un lugar habitado por seres humanos, su madre aún no se lo había dicho, no sabía cómo hacerlo sin asustarla.

La curiosidad de Zaris por la física era imparable y cada vez quería saber más y más. Y fue un día, después de una charla con Rufo, el animal más anciano y sabio de la Universidad, que descubrió que en el bloque 21 podía ver los colores del arcoíris. Después de buscar por un rato en el campus, vio arriba de una medialuna el número 21. La emoción no la dejaba respirar con serenidad, pero decidió volver a su madriguera porque ya era tarde, la aventura quedaba para el siguiente día. Lo que no sabía Zaris era que para este día volvían todos los estudiantes, profesores y trabajadores.

A la mañana siguiente, Zaris se disponía a salir y notó a su madre nerviosa, pero las únicas palabras que le dijo fueron: -Afuera hay unos seres que nunca has visto, ten cuidado y no te acerques mucho a ellos. Zaris salió de su madriguera y se dirigió al bloque 21, allí vio y escuchó cosas increíbles, pero fue en el laboratorio de física de ondas, donde vio los colores del arcoíris que tanto la habían cautivado. Olvidando las indicaciones de su madre, se adentró en el laboratorio para ver más de cerca, pero aquellos seres se percataron de su presencia y comenzaron a gritar, saltar y uno de ellos intentó golpear a Zaris con una escoba. Zaris aterrorizada corrió como nunca había corrido, en búsqueda de su madre. Cuando ya iba llegando al bloque 11, se topó con un cartel que tenía una foto de una zarigüeya parecida a ella, con el nombre "zarigüeya común" escrito en el. Zaris comenzó a llorar. Su madre que llevaba un rato buscándola, la vio y se acercó a ella. Zaris la miró y le preguntó: ¿Si somos tan comunes por qué nos tratan así?

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