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No es un cuento

Juro por Dios que el maldito despertador no sonó. Odio levantarme así, empezar el día atropellada. ¿Me baño o no me baño? Ya son las 6:50 de la mañana, ¡Auxilio! Me figuró no bañarme, lavadita de cara, desodorante, loción y harto café a ver si se me quita esta cara de odio por la vida. ¿Dónde están las llaves del carro?, ¿Yo por qué seré así Señor? ¡Aquí están! Necesito uno de esos ganchitos para colgar cosas varias. Me fui. Adiós mi amorcito ¿Quién es un perrito dañino, ah?, ¿Quién? Lucía cerró la puerta de la casa. Llaves del carro entre los labios, bolso colgado en una mano, termo con café en la otra, moña en el pelo con la que había dormido y en secreto, una media diferente en cada pie. Siempre decía que se las tragaba la lavadora. Cuando se dio vuelta, vio una caja envuelta en papel amarillo en su entrada; tenía su nombre. Como la curiosidad era mucha y el afán también, se trepó con caja y todo al carro. Miró el reloj en el tablero: 7:15 de la mañana, tenía 15 minutos para

Limpia

Josefina Colorado Niño ya tiene 76 años. Vive desde que se casó, en una casa de tejado alto y rojo en Andes, Antioquia. Su casa tiene 4 habitaciones, pero todas ellas son recorridas únicamente ya por Josefina y por los muchos espíritus a los que ha solicitado compañía o han aparecido de repente, después de sus rezos. 

Camila, su nieta, de vez en cuando la visita. Le gustaría hacerlo más seguido, dice ella, pero las limpias de Josefina cada vez que su nieta pone un pie dentro de su casa, son bastante exhaustivas, y a ella, ya la tienen cansada y bastante prevenida. Basta con que Camila toque la puerta de la casa para que la abuela encienda su tabaco y comience a repasar todos sus rezos, con voz muy bajita y casi sin entenderse, mientras se acerca con pasos lentos a la puerta. Cuando le abre, la rocía con un poco de agua y empieza a impregnarla con el humo resultante de sus bocanadas de tabaco. Luego, le hace quitar los zapatos e ir directamente al solar para que ponga sus pies sobre la tierra y descargue energías negativas. 

–La tierra limpia, purifica y sana –dice Josefina. 

También le dice que respire hondo, unas tres o cuatro veces para continuar con la limpia interna y, finalmente, la observa de arriba a abajo buscando objetos corrompidos. 

–¿Quién le dio esa pulsera? –le dijo alguna vez. 

–Un amigo –respondió Camila. 

–Quítesela y póngala en la vasija. Hay que quemarla, está cargada; y aléjese de ese tal amigo, sus intenciones no son buenas. 

Después de todo el ritual, se sientan en la sala y permanecen en silencio un rato, mientras cada una procesa lo suyo. 

–Y ahora, ¿Cómo le digo a Oscar, que mi abuela me hizo quemar la pulsera que me trajo de San Andrés?, ¿O será que no debo volverlo a ver? –piensa un poco angustiada Camila.

–¿Será que Camilita quiere tintico? –piensa Josefina.

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